Las fuerzas populares de algún lugar, “de cuyo nombre no quiero acordarme”, se concentran para hablar de las víctimas innecesarias del sistema.
El karaoke, ese dispositivo que trampea la voz y enaltece la disonancia para hacernos creer que somos doctos y aptos para el canto, solo es un mecanismo banal que el grupo Muégano Teatro –que se presentó en la penúltima jornada del Festival de Artes Escénicas–, utiliza para un extraño develamiento.
Y esto acontece en un espacio y un tiempo con presentes claros, que tienen apelativos. La obra (Karaoke, extraña concentración de fuerzas populares) construida con semejanzas y aliteraciones, se conjuga con el verbo traslucir.
Se busca que el texto –de entera autoría de su director, Santiago Roldós– y la puesta en escena trasluzca lo oculto para hacer estallar el mito encubridor de un “régimen contrahecho”. Y la alusión es más que directa a la situación política actual, con contextos y personajes que no tardan en ubicarse en el imaginario del espectador.
El título de la obra, su denominación última se reduce al término karaoke, aunque las sucesivas mutaciones hablaban en un comienzo del proceso de “Silvio (Rodríguez) y la dialéctica”. La estructura del espectáculo se mueve por duplicidades todo el tiempo: Abdalá-Correa; hijo-padre; luz-sombra; trauma-represión; etcétera. Cuando la fábula desata el conflicto, recurre siempre a este movimiento: las pulsiones básicas trazan las coordenadas con las cuales se relaciona espontáneamente la representación.
Es tanta la fuerza de alusión de las escenas a la realidad inmediata, que parece que “todo está dicho” y ya no habría, literalmente, nada más que explicar. El sentido, para decirlo con precaución, no se distingue, ya ni del signo ni de la metáfora. Riesgo, al fin y al cabo, de la propuesta del grupo, que se puede responder con palabras de Beckett: “Es una linda astucia que me hayan pegado un lenguaje que ellos (los aludidos) imaginan que yo no podré utilizar nunca sin confesar que soy miembro de su tribu. Voy a maltratarles su jeringonza”.
Un jeringonza, como dicen los personajes, que ya no invoca al sentido común porque se proclama una “revolución ciudadana” que quiere “impedirme decir quién soy, dónde estoy”. Esto es, adoptar un punto de vista desde el cual considerar las cosas, esa perspectiva supuestamente vana por unilateral.
Y en la cota más alta de su irreverencia, los personajes declaran que serán los boy-scouts quienes terminarán dominando el mundo.
El país de hoy es el lugar de nacimiento del escepticismo, del problema de las interpretaciones, de esta multitud de intenciones dobles, cuya apariencia corre el peligro de ser un falso semblante. En síntesis, desde que el poder es una cuestión de fórmulas o azares o de falta de fundamento, la autoridad siempre estará en discusión y sujeta a duda. Corolario político más que estético.
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